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martes, 24 de abril de 2012

Pensamiento crítico o praxis


En los años ’90s del siglo pasado oír hablar sobre marxismo, imperialismo, revolución hacía que los académicos y los políticos (con los que habían sido las vanguardias intelectuales de la revolución latinoamericana a la cabeza) sonrieran con una especie de conmiseración por esos pequeños ingenuos que todavía creían que la especie humana era merecedora de que el capitalismo terminara y se implantara un modo de vida en que las injusticias, la alienación y la escisión del hombre, producto del modo de producción dominante, desaparecieran y no dejaran sino el recuerdo de haber sido. La ideología había logrado su máximo nivel de eficiencia: ante la desaparición de lo que todo el mundo llamó “el socialismo real” casi todos en el planeta habían perdido ya las esperanzas en que el mundo podía ser más humano y pensaban que la naturaleza era del todo darwiniana y lo máximo que se podía esperar de la vida en la tierra era lo que había.

Pero tal como había predicho Rosa Luxemburgo, el capitalismo terminó de globalizarse y empezó su camino al despeñadero. Eso no significa que mañana se va a acabar; significa que ha empezado el trabajo de los que creemos que mientras exista vida en la tierra ésta debe tender hacia mejor y que el capitalismo y en general, los modos de producción deben dejar de existir como modo de relacionarnos entre todos los seres vivos y debemos empezar a crear un Modo de VIDA, que debe basarse en la solidaridad, en la complementariedad y la colaboración, no solo entre los seres humanos, sino entre todas las especies, como ya hace mucho parecen haberlo entendido especies como los caninos, los delfines, los gatos pequeños, que han establecido en muchos lugares del mundo relaciones de cooperación con los seres humanos y se han visto favorecidos con ello.

La experiencia venezolana dice que las clases tradicionalmente menos conectadas con el mundo de la academia, enfrentadas a las injusticias desde siempre, pero por primera vez en contacto con la idea de que eso no es natural (como la ideología dominante les había obligado a creer), a través de las clases dominicales de alta política impartidas por Hugo Chávez por televisión nacional, han entendido que de lo que se trata es de cambiar el mundo para que todos podamos tener “lo que teníamos que tener” (en palabras del poeta cubano Guillén). La falta de contaminación por el mundo del pensamiento político ha hecho posible que “los condenados de la tierra” entiendan y se dispongan muy rápidamente a actuar; y que la única forma de hacerlo es organizándose entre ellos y hacer que las cosas pasen. Y eso está pasando.

Pero los intelectuales y los políticos están empeñados en hacer que las cosas no pasen, porque es difícil querer honestamente que la situación cambie, cuando mi situación personal no es mala en absoluto. Y si uno tuvo posibilidad de estudiar, eso es signo de que su situación no ha sido mala del todo. Es por eso que estoy totalmente de acuerdo en que hay que salir del aula y propiciar el debate en las calles, en los barrios, en las aldeas, en las esquinas. Y más que una “batalla de ideas” el debate debe ser sobre la estimulación a la participación y a la organización para la acción, porque hemos visto que “el saber convencional de las ciencias sociales” no tiene las posibilidades de explicar y mucho menos de transformar la sociedad (porque no está hecho para eso).

Es por eso que las instituciones y los funcionarios públicos venezolanos tenemos todos los días funciones nuevas que tienen que ver con el “empoderamiento” del pueblo de lo que realmente les pertenece, para hacer que ellos mismos cambien lo que tienen que cambiar y tengan lo que tienen que tener. Los intelectuales mientras tanto, deberán aprender de los saberes tradicionales de los pueblos y ellos son los que tienen que inspirar la teoría que tendrá que escribirse con base a la realidad de los verdaderos protagonistas de la vida: las grandes mayorías que resisten y avanzan a pesar de todas las miserias y las injusticias.

lunes, 23 de abril de 2012

De elefantes y osos o ¿para qué sirven los reyes?

Todos los cuentos del horror que es la humanidad no bastan. Todos los días sale uno nuevo, como los comics. Este artículo expresa exactamente cómo me siento al respecto de éste en particular.

 
La ceguera moral 
Fernando Vallejo
Publicado el 19 de abril en el País de España.

La foto impúdica que publicó EL PAÍS el domingo en primera plana del rey Borbón y otro cazador, ambos con escopetas y atrás de ellos el elefante que acababan de matar, me produjo, ¡otra vez!, un sentimiento que en mí se ha vuelto recurrente: asco a la humanidad. Yo he visto de niño las fotos de los decapitados de mi país, en hileras de decenas, y a veces de centenares, de campesinos conservadores o liberales descalzos (pues entonces no tenían ni con qué comprar zapatos) y con las cabezas cortadas a machete y acomodadas a los cuerpos a la buena de Dios: eran las del enfrentamiento entre el partido conservador y el partido liberal colombianos, que a mediados del siglo que acaba de pasar se estaban exterminando en esa guerra civil no declarada que conocimos como la Violencia, así, con mayúscula como se pone en España el “Rey”, y que incendió y devastó el campo de Colombia.

Ninguna de esas fotos me produjo tanto dolor, tanta perturbación como esta del periódico español. Tal vez porque desde niño no quiero a los seres humanos pero sí a los elefantes. O tal vez por lo que enmarca la foto: arriba el nombre del periódico, EL PAÍS, el único que ha llegado ser transnacional en nuestro idioma, pues ni La Nación de Buenos Aires, el diario de los Mitre, con lo grande que fue, lo logró: trascender las fronteras nacionales para ir a los cuatro rumbos del ámbito hispánico, por sobre el mismo mar. Y debajo de EL PAÍS el encabezado, el titular, insulso, banal, perverso: 'El Rey es operado de la cadera al caerse en un safari en Botsuana'.

La tragedia era esa, que el Rey con mayúscula se había roto la cadera en un safari, no que acababa de matar a un animal hermoso, inocente, que ningún daño le había hecho. Para EL PAÍS la matanza de animales grandes por diversión en África es un simple safari: para mí es un asesinato. Y adentro del periódico, llenando dos páginas, la crónica banal del percance y otra foto del Rey con el mismo cazador y adelante de ellos dos búfalos que acaban de matar. Un destino habitual para la caza mayor, dice el correspondiente titular.

“España es de los países que más trofeos de grandes especies importa de África. Matar un elefante en Botsuana sale por más de 44.000 euros”. Y que “los médicos le han tenido que colocar al Rey una prótesis que sustituye la cabeza del fémur y la zona donde esta se ensambla con la pelvis”, etcétera, en ese tono neutro, imparcial, que es el que le corresponde a un gran periódico.

De entonces acá, en las horas que han pasado, ha venido la condena en las redes sociales de Internet de muchos españoles indignados porque el Rey se está gastando el dinero público en diversiones cuando España pasa por uno de sus peores momentos, o porque la Casa del Rey no le informó al presidente de su viaje, o por razones así.

¿Y es que alguna vez le informó a alguien cuando se iba a Rumanía a cazar osos con Ceausescu? Todavía en 2004, tiempo después de la caída del tirano, seguía yendo a lo mismo. El 12 de octubre de ese año el periódico Romania Libera de Bucarest informó de su cacería en la región rumana de Covasna, al pie de los Cárpatos, en que mató a escopetazos a nueve osos, una osa gestante y un lobo y dejó malheridos de bala a varios otros animales que medio centenar de ojeadores le iban poniendo a su alcance, de suerte que los pudiera abatir sin riesgo alguno. Varios miembros de la policía secreta rumana disfrazados de campesinos e infiltrados entre los ojeadores protegían de los osos y de cuanto peligro se pudiera presentar al distinguido personaje. La cacería o masacre tuvo lugar desde el viernes 8 de octubre al domingo 10 y la organizó la empresa Abies Hunting, experta en safaris. El Rey había llegado al aeropuerto Otopeni de Bucarest en su jet privado, y escoltado por 10 patrullas de la policía y varios vehículos de acompañamiento protocolario se había trasladado a las cabañas que tenía antes Ceausescu para sus cacerías en la región. Los lugareños de Covasna le depararon al Rey español un cálido recibimiento folclórico vestidos con trajes típicos y lo agasajaron con palinca, un aguardiente de ciruela.

Así que lo de matar animales grandes como el elefante y los búfalos de la semana pasada no es cosa nueva: le viene de lejos al Rey. Y se la va a dejar de herencia, junto con un dineral, a su nieto, quien se acaba de herir un pie por andar jugando con escopetas. ¿Qué irá a cazar este niño cuando crezca y le permitan sus padres ir de cacería? ¿Elefantes? ¿Osos? ¿Búfalos? Ya no van a quedar. Para entonces su abuelo habrá acabado con todos. Aunque las posibilidades que tiene el niño en cuestión de reemplazar andando el tiempo a su abuelo en su altísima dignidad son pocas, alguna hay. Estaría perfecto ahí, como fabricado a la medida del puesto. Es el Rey que se merece España, el país que despeña cabras desde los campanarios de sus pueblos para celebrar, con la bendición de la Iglesia, la fiesta del santo patrono.

viernes, 13 de abril de 2012