La Barcelona


No es la ciudad candal, como muchos podrían creer. Ni siquiera es la gemela de aquí de Anzoátegui.

Es una calle; es la calle ciega donde me crié. Al final de la cual había un barranco y que se iniciaba con una gran mata de caucho.

Era una calle donde había unas pocas casas en las que crecimos a la vez una docena de muchachos y muchachas que jugábamos a "la ere", patineteábamos, salíamos en las bicicletas, hacíamos carruchas y papagayos.

Allí nos dimos los primeros y los segundos besos, nos enamoramos por primera vez, celebramos las primeras fiestas, bailamos los primeros bailes y tuvimos el primer sexo, descuidado, infantil, divertido, cándido.

Después nos fuimos a la universidad o al trabajo o al matrimonio. Y la calle dejó de ser ciega, le crecieron edificios, desaparecieron los árboles y el barranco fue sembrado de carros.

Los muchachos de la Barcelona no nos vimos nunca más. Pero en nuestros recuerdos y en nuestros corazones esa es la calle más buena de la vida, de la historia de la humanidad. Y yo me convertí en su cuentista, aunque hace años que no sale un cuento de allí.

¿Que si hay algo que proteger?

¿Que si hay algo que proteger?
Los niños

Las mujeres

Los animales