viernes, 21 de enero de 2011

La cocina caraqueña


Ana, la señora que nos crió a mi hermano y a mi, no sabía leer o escribir, pero durante esos seis años importantísimos de la primera infancia, nos llevó a todas las plazas, iglesias y museos que había cerca de donde vivíamos y a diario nos contó cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo y de la vida real en su larense campo natal, con lo que ayudó a que en nosotros se formara una sensación de identidad con el campo y con la ciudad venezolanas.

Cuando llegábamos del colegio, comíamos y salíamos a pasear por las plazas, caminábamos hasta una hectárea diaria y supongo que corríamos y jugábamos y veníamos cansados a bañarnos, hacer tareas y acostarnos, porque tampoco se veía mucha televisión y los juegos virtuales y la Internet aún no habían hecho su aparición en nuestras inocentes vidas para esos momentos.

Eso sí, a la hora de comer, Ana no demostraba tener mucha creatividad: en la mañana se comía huevito con jugo de naranja con zanahoria y remolacha; carne, arroz y plátano había siempre para el almuerzo; el líquido era leche o el jugo de alguna fruta; nunca había postre; la merienda de la tarde consistía en galletas con malta; y en la cena comíamos tortas de maíz, de arroz o de yuca. También se comía sopa, pero yo (por Mafalda) no me enteraba.

Y los sábados era el día de comer distinto: almorzábamos espaguetti o arroz con pollo o puré de papas o pasticho o caraotas o ensalada rusa. El domingo salíamos a comer en la calle y almorzábamos lo que se nos cruzara por delante: eran dos días de verdadera fiesta gastronómica, que supongo festejaba que había habido abundancia suficiente como para pasar toda una semana comiendo sano.

En diciembre se comía distinto para recordar a los ancestros españoles: hallacas con cosas raras como pasas, almendras, aceitunas y alcaparras; y se comía pierna de cochino asada con una salsita como dulzona; y había ensalada de gallina con manzana; y pan de jamón con el extraño sabor del jamón ahumado; y el consabido dulce de lechoza, que supongo que era el aporte criollo a la comida navideña.

Debo decir que mi hermano y yo no nos enfermábamos nunca y crecimos hasta donde era esperable: él hasta 1.85 y yo hasta 1.60 (yo hubiera esperado un poquito más, pero la genética es la genética). Pero jamás fuimos gordos. Claro, fue muuuuucho después que a Venezuela llegaron las hamburguesas con papas fritas, las merengadas de helado, las pizzas y la comida china.

Después de vieja me puse gorda, porque empecé a “comer rico”. Comí pastas con salsas grasientas varias como una troglodita; comí todos los quesos madurados y cremosos del mundo; comí embutidos con panes de harina de trigo en todas las formas, tamaños y sabores; comí fritangas con mayonesa; comí pasteles de chocolates con helados de macadamia y bebí alcoholes de todo tipo con refrescos a todas horas.

Todo ese desastre en nombre de la creatividad: tenía que degustar todo lo que hay en el mundo para poder descartarlo. Y ponerme gorda como un oso, para poder darme cuenta de que en mi modesta casa materna se comió siempre lo que hay que comer: proteínas, cereales, verduras, frutas y lácteos. Carne esmechada, asado, bisté, albóndigas, carne guisada, de vez en cuando pollo o un pescadito, arroz blanco, plátanos verdes, horneados, dulces, fritos, sancochados y hasta crudos, arepas, bollitos, cachapas, cachapas de hoja, arepitas dulces, buñuelos de yuca y torticas hechas con el arroz que sobra eran los platos que componían la dieta del caraqueño de clase media en los años sesenta y setenta.

Ahora los niños caraqueños comen distinto. Y sobre todo viven distinto. Hablan virtualmente, corren virtualmente, pelean virtualmente, juegan virtualmente. Viven virtualmente pero comen tal realmente como si tuvieran un pueblo entero dentro de sí. Por eso es que ahora hay tantos niños obesos. Por eso es que ahora hay tanta gente obesa.

Y no es que ser obeso sea feo o bonito. Es que ser obeso es estar enfermo. Porque no solo la gente tiene exceso de kilos sino exceso de poca energía y de odio y de resentimientos y de cansancio y de envidia, de fastidio, de inseguridad, de miedos, de odios, de celos, de frustración, de rabia, de poco amor.

Ana nos decía siempre que “el amor entra por la boca, sale por los pies y se nota en la piel”.

lunes, 10 de enero de 2011

Los buhoneros


Este es el aspecto que tiene Sabana Grande ahora.


Este es el aspecto que tenía antes.

Los opositores venezolanos apoyan las protestas de los buhoneros para volver a las calles. Los comerciantes de Sabana Grande, los ciudadanos que caminamos por ahí, los niñitos que salen a jugar Carnaval, los usuarios del metro, los que trabajan o viven en el boulevar y todos los chavistas estamos de acuerdo en que los buhoneros no deben volver jamás a convertir los espacios públicos en mercados persas llenos de vicios y viciosos NUNCA MÁS!!

Caracas ahora tiene espacios públicos, cosa que se había perdido, porque nos habían convencido de la naturalidad del derecho de privatizar cada una de las calles, avenidas, aceras, boulevares, plazas y otros con el pretexto de que los buhoneros tenían que vivir. El derecho de vivir de todos los demás no importaba absolutamente nada, porque la libertad que consagra el capitalismo es la que tienen los poderosos de hacer lo que les de la gana con todos los demás. Y los buhoneros no son más que asalariados de grandes capitalistas, que tienen cientos de puestos en las calles, por los que no pagan alquiler, ni luz, ni seguridad social, ni mucho menos impuestos.

Así que los buhoneros ... NO VOLVERÁN!!!

viernes, 7 de enero de 2011

Año Bicentenario, Año de la Solidaridad y de la Negritud


Este debe ser un lindo año!!!

Venezuela cumple 200 años. Estamos haciendo planificación urbana, lo que es mucho decir en este país, en el que "planificación" es una palabra que solo es objeto de estudio. Y es el año del orgullo negro: a ver si estimulamos a algunos y algunas a que se dejen los cabellos como en realidad son.

En los años setentas y ochentas "la belleza femenina" tuvo en Venezuela su máximo auge y el sueño de muchas madres pobres era que su niña se convirtiera en Miss Venezuela, para que pudiera "salir de abajo". La Organización Cisneros invirtió un dinerillo en el negocio más viejo del mundo, "descubriendo" a varias de las más famosas meretrices latinas de la época, diseminando a la vez aquel mito urbano de que las venezolanas éramos las mujeres más bellas del mundo. Todas las mujeres veinteañeras citadinas entonces necesitaron despertarse dos horas más temprano que cualquiera en el mundo, porque tenían que hacer todo lo que se hace en la mañana, más maquillarse, estirarse el cabello y ponerse cuanto menjunje encontraran para estar en el target del Miss Veenzuela, por si acaso se encontraban en algún autobús o bajada de cerro o ascensor de ministerio a Osmel Sousa y él las descubría como la puta del año siguiente, perdón, como la próxima Miss Venezuela, que siempre tenía como características esenciales: pelo largo sin ondas, tez tirando a blanca, ojos preferiblemente claros.

Lo cierto es que este año de la Negritud me recuerda que hace algún tiempo murió en su casa una pariente de mi familia, tras una larga y penosa enfermedad. Era casi de madrugada cuando me llamaron, así que no bien amanecía yo estaba allí presta a acompañar a la familia cercana. Unos minutos después llegaron los empleados de la funeraria para buscar el cadáver y todos los presentes nos encontramos haciendo un túnel humano para que pasara la finada en la última salida de la que fuera su casa por casi sesenta años. La vimos pasar entre ahogados sollozos hasta que la montaron en la carroza fúnebre y en ese momento pensé que saldríamos raudos a abordar cada quien su carro y acompañar a la muerta en su penúltimo viaje motorizado. En segundos me di cuenta que estaba equivocada: todas las mujeres se abrazaban y se citaban para verse en la funeraria, después que fueran a LA PELUQUERÍA!!!!

Por siglos yo no he podido entender qué lleva a las mujeres negras venezolanas a pasar todo por el tamiz de la peluquería. Durante algún tiempo creí que era producto del Miss Venezuela; pero después me di cuenta que éste es consecuencia y no causa de lo que somos. Somos endoracistas, es decir, odiamos lo que somos y muy buena parte de lo que somos es NEGROS. Y lo mismo pasa a todos, a los que se nos nota y a los que no, porque mi parentela no evidentemente negra, no pelea sino que huye, lo más lejos posible, para que nadie vaya a creer que ellos vienen de aquí.

Este es el año del Orgullo de ser negro, cosa que no debería concitar orgullo pero tampoco desprecio, porque es tan natural tener ondas o rizos en el cabello como no tener o tener la piel clara o más oscura. Pero la historia nos lleva a reivindicar ese hecho y diremos que estamos orgullosos de ser negros y de ser venezolanos.

Lo que hagamos será el reflejo de ello.

¿Que si hay algo que proteger?

¿Que si hay algo que proteger?
Los niños

Las mujeres

Los animales