martes, 20 de julio de 2010

Un cuento de bananas y reyes católicos


Hasta hace más o menos doce años, el común de los súbditos de aquel reino bananero, de cuyo nombre no quiero acordarme, suponían que el colapso económico que habían estado sufriendo por alrededor de 10 años era porque los precios internacionales del banano estaban por el suelo: eso era lo que les decían todos los días por la televisión, aquellos que “sí” sabían sobre el tema del banano.

Como todo buen gerente, una de las primeras cosas que hizo el Rey electo en diciembre de 1998, cuando tomó posesión del cargo por primera vez, fue preguntar por el presupuesto del reino, supongo que para planificar un acto de magia para pagar los sueldos de la administración pública de ese año. La que en ese momento era la Ministra de Finanzas saliente le explicó que los ingresos del reino eran básicamente de dos tipos: tributarios y no tributarios. El impuesto sobre la renta bananera que paga la Empresa Nacional del Banano anualmente, forma parte de los ingresos tributarios de la nación; y el producto de la venta del banano (que es la renta sobre la que se pagan los impuestos) forma parte de los ingresos no tributarios.

El Rey entonces llamó al organismo encargado de los Impuestos y preguntó cuánto dinero se podía recaudar ese marzo: la gerencia de la institución le llevó las cuentas. No era mucho, porque la industria bananera, que conformaba el mayor aporte en ingresos tributarios, apenas pagaba 0,5% de la renta por las ventas de la banana y los precios andaban por el suelo … Entonces el Rey llamó al Parlamento y conminó a los loros, perdón, a los lores, a que escribieran y aprobaran una nueva Ley de Bananos que aumentaba los impuestos bananeros, a 30% primero y después a 50%. Y así se hizo y con eso se solucionaba el problema del gasto público, es decir, ya había cómo pagar los sueldos de los funcionarios del Estado. Faltaba solucionar el problema del desarrollo del reino.

Llamó entonces a la Empresa Nacional del Banano y preguntó cuánto dinero se podía recaudar ese año por las ventas del banano: le repitieron que muy poco porque los precios estaban muy bajos. Entonces el Rey viajó a todos los países bananeros, para negociar el recorte de la producción, a fin de provocar el alza de los precios del banano. Hecho esto, volvió a llamar a la Empresa Nacional del Banano varios meses después y volvió a preguntar: y ahora cuánto?. Pero la respuesta seguía siendo esquiva porque las matas, que si las frutas, si los duraznos, o las manzanas, la mucha agua, la poca sombra, las garrapatas, la mala uva … y después de mucho tiempo, el Rey de aquella nación bananera entendió que había destapado algo parecido a aquella tan manoseada caja de Pandora: el presidente y los directores de la Empresa Nacional del Banano llenaron informes inentendibles, balbucearon justificaciones injustificables y al fin, amenazaron con el poder de su autoridad técnico-moral, cuando se vieron conminados una y otra vez a responder, pero nadie parecía poder dar una sola cifra sobre la renta de la industria bananera.

Y tras la insistencia del Rey, decidieron llevar a cabo una gran huelga de gerentes y de un gigantesco sabotaje, ordenando a los bananos no crecer ni un centímetro sin su permiso; pero los bananos se rebelaron y después de dos meses de guerra sin cuartel, el Rey pudo al fin descubrir cuánto era el ingreso real de la industria bananera nacional. Resultó que los bananos se vendían más y mejor de lo que todos creían y resultó que la renta bananera solo había estado siendo utilizada para mantener la estructura de costos de las casas y oficinas y vacaciones y estudios de la nómina mayor de la Empresa Nacional del Banano.

Sabido esto, estaba lejos de terminarse los problemas. El Rey hubo de luchar contra los gerentes del Banco Central del reino, que empezaron a insistir en que toda la renta del banano debía ir a sus arcas para ser ahorradas, porque eso era lo que decía la ley. Entonces hubo que hacer otra Ley del Banco Central, para que lo que se ganaba por las ventas del banano pudiera servir para comprar la comida para los súbditos y para hacer hospitales y para construir escuelas y casas y carreteras. ¡¡Para eso estaba el banano!!!, gritaba el Rey.

Y cuando al fin, la gente en la calle empezó a comer carne y leche y arroz y vegetales todos los días; y empezaron a ir a hospitales que empezaban a estar en condiciones mínimas; y empezaron a mandar a sus hijos a las escuelas en las que comían y a las nuevas universidades; y empezaron a montarse en trenes y a tener casas y a viajar por nuevas carreteras; y los viejos a cobrar sus pensiones de viejos; y las mujeres a cobrar sueldos por su trabajo doméstico: todo ello pagado con los ingresos por las ventas de los bananos, entonces los cardenales católicos empezaron a gritar: Herejes!! Herejía!! ¡¡Quieren convertir a los pobres en gente sana!!! ¡Auxilio!! ¡¡Pretenden que haya justicia social!! ¡NOOO!!! ¡¡Comunismo!! ¡¡Quieren que la gente coma y que los pobres vayan a la universidad!! ¡¡Herejeeeees!!!

Y ya un poco cansado de tanto idiota suelto, el Rey miró largamente al Cardenal y dijo: ¡Cardenal, vayan ustedes a lavarse bien ese c…. paltó!

Epílogo

Después de muchas conversaciones con el Rey, la mayoría de la gente en aquel país bananero descubrió porqué los ricos propios se portan así: los ricos bananeros no son verdaderos ricos: se conforman con las dos lochas que colectan vendiendo bananas, a diferencia de los ricos de verdad que están constantemente pensando cómo pueden hacer más ricos a sus países para ser ellos más ricos.

Entonces la mayoría de la gente decidió seguir trabajando con su Rey para desarrollar el país (aunque los ricos bananeros hubieran querido quedarse bananeros … probablemente para no tener que competir con los ricos de verdad).

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