martes, 4 de octubre de 2011

Sobre Nixon



Sam Byck - "El asesino"


A alguien se le podría ocurrir la peregrina idea de que yo pudiera escribir sobre algún que otro idiota que corrió con la buena o mala suerte de que los padres decidieran denominarlo con el nombre de algún personaje que circunstancialmente ha tenido cierta relevancia en la historia. Eso sería un error. La verdad es que yo tengo demasiadas cosas que leer y muchas más que reflexionar, para perder el tiempo y espacio en amebas que pasan por la vida con forma de gente. Dicho esto, probablemente está demás decir que en este artículo hablo de Nixon: Richard Nixon.

Resulta que el único error del Sistema pareciera haberse apellidado Kennedy. No porque alguno de ellos tuviera en mente la justicia social ni nada de eso, porque eran ricos y como tal, creían en la competencia. No, no fue porque fueran buenos; fue porque eran arrogantes y pendejos, que es siempre una pésima combinación. Lo que pasó con los Kennedy es que tenían tanto dinero que pudieron comprar la elección y “colarse por los palos” en la presidencia, sin saber que el Presidente de Estados Unidos es un cargo que no se gana por casualidad, sino tras intensas negociaciones entre los mismos. Nunca vieron más allá de los árboles y quisieron actuar sin entender que la Presidencia del mundo es un empleo como cualquier otro y que los dueños del capital transnacional decidieron hace mucho tiempo contratar gobiernos que garanticen que ellos puedan seguir ganando, convenciendo a todos (por la razón o por la fuerza) de que trabajen en función de ello, sin hacer problemas: para eso hay “asesores” que le dicen a los Presidentes lo que se necesita que ellos hagan y en qué momento. Claro, en ese cargo la liquidación por despido no se cobra en dólares, sino en balas. Supongo que ya todo el que no es una lechuga tiene esto claro.

Lo que todavía el común de la gente no maneja bien es la historia del otro error del Sistema, que parece haber tenido consecuencias más importantes aún: se llamaba Richard Nixon. Nixon, que había sido electo como uno de los hombres de confianza de los amos, salió literalmente con un “chorro de babas”, cuando al tratar de controlar la inflación en la nación, plantó cara a todos los “asesores de la presidencia”, que siendo los empleados de confianza del poder financiero transnacional, siempre han sido los que dan las órdenes. Entonces sacó al dólar del patrón oro establecido en Bretton Woods, lo que trajo una “huída” de los capitales hacia la City, que causó la subida del dólar, por lo tanto el encarecimiento de los productos estadounidenses y un repunte de las finanzas británicas y una cuasi-catástrofe financiera en Wall Street. Además tomó unas medidas arancelarias de protección al mercado estadounidense contra el asiático y lanzó una campaña pública de ahorro energético, para proteger a la nación de la especulación de las empresas petroleras, que además tendrían que pagar un impuesto que no pagaban desde principios del siglo XX.

“Coincidencialmente” surgía Watergate, escándalo de poca monta, espléndidamente magnificado a la enésima potencia por uno de los periódicos consentidos del poder, que resultó en el impeachment del Presidente. Pero lo más coincidencial es que el mismo día que salió Watergate a la luz pública, descubrían a un tipo que tuvo la intención de secuestrar un avión para matar al Presidente. Me pregunto yo: no sería que el Presidente se enteró que ese fulano lo iba a matar y prefirió ser impeacheado por grabar a unos contrincantes, antes que ser impuesto de una condecoración post-morten? Hay quien dice que es mejor ser un cobarde vivo que un valiente muerto.

La generalidad de la gente cree que los demócratas son buenos y los republicanos malos, tal como creían que los estadounidenses eran los buenos mientras los soviéticos eran los malos. Si es que al final, el mito de la dialéctica vino a salir más bueno que la capa de Supermán (como decimos en español), que es por cierto uno de los protagonistas de todo este cuento.

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