jueves, 29 de marzo de 2012

La escuela del Modo de Producción


Hasta mediados del siglo XX, el tiempo era un vector infinito, en el que a era el pasado y b era el futuro. A partir de los planteamientos de Hawking y Penrose sobre las singularidades del universo, hay una discusión que plantea que el tiempo se mueve como una red de redes de redes que crece, pero que nunca llega a ser infinita porque cada vez se acaba un poco en cada singularidad. Es decir, los agujeros negros sirven para controlar el crecimiento indiscriminado del universo; son en el “espacio exterior” una especie de control poblacional. Por eso Hawking no cree posible viajar hacia el pasado: buena parte del pasado del universo acabó en las singularidades, por lo que aunque se pudiera construir un material suficientemente resistente y aunque se consiguiera doblar el espacio es imposible saber si el pasado que buscamos terminó en una singularidad y allí desapareceríamos.

Pero lo que hemos visto en las películas y series de ciencia-ficción es mucho más digerible y ciertamente muy diferente. “Las cuerdas” daría lugar a una especie de multiversos, que crecerían infinitamente hacia posibilidades exponencialmente infinitas, que nos impedirían ir al pasado, porque cada vez que tratáramos de calcular el tiempo-espacio del viaje, podríamos toparnos con algún multiverso distinto, porque podría haber mundos paralelos, derivados de millones de millones de posibilidades de la misma circunstancia. Eso si puede dar origen a las más amplia variedad de tramas psicológicas, en las que el pasado del pasado del pasado puede ser el presente del pasado o el pasado del presente o el presente pluscuamperfecto de un pasado indigerible. Y eso es lo que se queda en la conciencia colectiva como noción de ciencia.

Dirán algunos que esa es una forma divertida de hacer que la gente se familiarice con el desarrollo de la ciencia. Yo preferiría decir que es una de las millones de formas de mantener en la ignorancia a la mayoría de las personas, en el entendido de que la ignorancia de las mayorías es el poder de las minorías. Pero aunque el modo de producción está cambiando, la formación social está dominada ampliamente por el capitalismo industrial, cuyo primer y principal logro ha sido que una gran parte de la gente se convirtiera en uno con la máquina y dejara de pensar y hasta dejara de querer pensar y prefiriera que le dieran todo en pastillas, lo más pequeñas posible, por favor. Eso es el paternalismo: “nosotros pensamos por ti” decía el slogan de cierta empresa de publicidad muy exitosa por aquí durante mucho tiempo. El paternalismo es hijo dilecto del capitalismo.

Es verdad que la globalización de los capitales financieros (que pareciera ser la verdadera etapa superior del capitalismo) necesita otro tipo de producción de conciencia social, pero sobre todo necesita otro tipo de ser social: un ser social bastante más escuálido, en el sentido más estricto del término, es decir, de menores dimensiones, es decir, se necesita de menos cantidad de gente. Y es por eso que es inexplicable los pequeños y no tan pequeños genocidios cometidos ante los ojos de todo el mundo: para MATAR PERSONAS. Se necesita cada día menos gente, porque cada día se necesita cada vez menos mercados. Pero por ahora los países subdesarrollados (que siempre me ha sonado la palabrita a “tarados”) pueden seguir formando obreros especializados (lo que incluye por cierto a todos los “profesionales”), que engrosen las filas de “desempleados” dispuestos a agradecer infinitamente la oportunidad de poder arrastrarse y jalarle aunque sea una bola al capataz de turno.

Habrá que repetir que mientras los medios de comunicación dieron paso y a la vez llegaron de la mano del siguiente paso: la globalización; el capitalismo industrial logró imponerse y reproducirse usando exitosamente la escuela, la religión y las leyes. El hecho de que “todos” miren hacia “uno”; el hecho de que “unos” saben y “todos” aprenden o de que los “alumnos” son una pizarra en blanco o de que hay un “programa de estudios” al que todos deben acceder al mismo tiempo, supone que todos son iguales. Y es que todos los obreros son iguales: obreros. La industrialización se hizo sobre la vida de las personas, sobre la independencia de las personas, sobre la libertad de criterio y de expresión de ese criterio de las personas. Y para eso sirve la escuela. Para preparar bien a todos los obreros: para que supieran quedarse callados, no perdieran mucho tiempo en el baño ni en la conversa ni en el pensamiento ni en la comida, obedecieran a los capataces, hicieran sus trabajos sin chistar y agradecieran profundamente por tenerlos.

Es por ello que un planteamiento verdaderamente revolucionario, es decir, que realmente pretenda cambiar el estado de cosas, el modo de producción a modo de vida, debe hacer una reflexión seria sobre las tres maneras preferidas por la industrialización de imponer la ideología. Y como siempre un largo camino comienza con un primer paso, habría que comenzar por LA EDUCACIÓN. La educación no debe seguir escolarizando (se puede leer estandarizando), es decir, no debe seguir sirviendo a los dueños de los grandes capitales para organizarles la mano de obra; la educación debe combatir la división del trabajo en la mente de los individuos y por tanto en el ser social y por tanto en la conciencia social. La educación debe estimular la curiosidad, las diferencias, la variedad, la necesidad de cambios. La educación debe reinventarse constantemente, tal como se reinventa el conocimiento. Y cómo reinventamos la educación?

Se debe desistir de la idea de especializar cada vez más la educación, convirtiendo a la gente que estudia en especialista en tal o cual materia. Para ello, la educación básica que es el más potente disuasivo de la curiosidad y de la necesidad de aprender y descubrir cosas, debe transformarse. Se debe repudiar la idea de formar específicamente para “un perfil”, de modo que cuando la persona esté a la búsqueda de algo que hacer con su vida descubra que si no tiene “un perfil” no tiene oportunidades. Tener “un perfil” se convierte en la nueva frontera entre lo permitido y lo que no; para ser vendedora de pantaletas en una tienda de pueblo te piden el curriculum a ver cuál es tu perfil. Así, los curiosos o los toderos o los manitas, que son los personajes que resuelven todo porque tienen la disposición vital de resolver problemas porque tienen curiosidad por el conocimiento, están condenados al basurero de la sociedad, porque no tienen “un perfil”.

Los programas de estudio fijo deben dar paso a las necesidades intelectuales que tienen las personas y las comunidades y las sociedades a diferentes niveles. No se puede obligar a todas las personas de una edad determinada a aprender un tema determinado, porque cada persona DEBE tener intereses epistemológicos distintos, tal como cada personas TIENE pulmones distintos unos de otros; y lo único que se logra con la educación formal es fastidiar al que está adelante y expulsar al que viene atrás. El principio de la estandarización ha llevado a la gente a tratar todos los problemas con las mismas soluciones, dando como resultado que la mayoría de las soluciones no solucionan sino los problemas de los dueños de los grandes capitales.

Y definitivamente la creación de un modo de vida no está en manos de los capitalistas; en las manos de los revolucionarios de verdad; no de los que están cuidando el puesto de los de arriba y de los de abajo; ni de los que están pensando en “acomodarse” por si acaso. Sino de los que buscan, porque siempre han buscado desesperadamente transformar el modo de producción en modo de vida, para que todos dejemos de ser obreros-máquina y podamos ser gente.

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