lunes, 8 de marzo de 2010

Los pobres no son el problema; el problema es la pobreza


Creo que en la vida no se debe olvidar, en circunstancia alguna, quién se es y de dónde se viene. Yo además lo celebro y me enorgullezco de ello todos los días. La experiencia personal le dio la razón a mis primeras lecturas universitarias: las condiciones materiales de existencia determinan la manera como se enfrentan esas condiciones. Porque es evidente que no enfrentan la vida de la misma forma un tipo que mide 2 metros que uno que mide 1.60: no es igual lavarse los dientes o buscar algo en la parte más alta del closet, para uno que para el otro. Ni la enfrentan igual uno que creció en una familia de universitarios que uno que lo hizo en una familia de obreros.

Pero si para cada uno de nosotros el conocimiento depende de las condiciones materiales con las que nos desarrollamos, existe también el factor cultural, que generación tras generación se va convirtiendo en posesión tan material como la carga genética: algún autor la llama MEME. Hay gente que en vez de convertir su condición de pobreza en deseos de justicia, ha adoptado como máxima de vida odiar su entorno y odiarse a sí misma por ser parte de él. Supongo que en algún momento de su historia familiar esa fue la manera que encontraron para defenderse de la exclusión, de los privilegiados que los miraban con ojos de asco, porque la pobreza hiede.

Y con odio se enfrentan a la vida. Entonces hay gente pobre que odia la pobreza y se odia por ser pobre y odia a los demás pobres. Y hacen lo que sea por “salir de abajo”. Y si alguna vez lo logran, odian con más fuerza lo que sea que tengan por insuficiente o por incómodo o por abundante o por lo que sea; y es que todo es odiable u odioso, porque en realidad lo primero que odian es a sí mismos y a sus raíces. Es esa gente que parece que viviera para criticar. Todo les parece muy complicado o muy simple o muy neoclásico o muy rococó o muy salado o muy dulce o muy caliente o muy frío o muy cerca o muy lejos. Es esa gente que llega a las fiestas de jardín y empieza a llover.

Ahora bien, la mayor parte de la gente en el planeta está excluida de los privilegios de las clases medias de los países desarrollados. Pero aunque decir: "toda pobreza es mala, yo soy pobre, por tanto, yo soy malo" pareciera a la luz de la lógica un razonamiento correcto, usar esto como una argumentación verdadera es falaz y sobre todo perverso, porque está completamente alejado del pensamiento humanista, cristiano, bondadoso. Porque la culpa de la pobreza no puede ser de los pobres sino de lo que hace que exista la pobreza. Por lo tanto, el problema es la limosna, no el santo.

Entonces la gente pobre no tiene porqué sentirse sucia, ni fea, ni mala; solo tiene que cobrar conciencia de que es excluida y que lo que hay que lograr es incluir dentro de los sistemas de distribución de las riquezas del planeta a todos, en vez de pensar que cada uno tiene que lograr por sí mismo algo que no ha tenido nunca siquiera la oportunidad de ver de cerca.

Mis raíces entonces no son el problema. El que mis ancestros no hayan sido ricos no los hace malos ni me hace mala. El problema del planeta es la injusticia en la distribución de los recursos. Los pobres entonces quedan liberados de odiarse a sí mismos. Lo odiable es la pobreza y lo que permite que ella exista. Por eso, enfrentarse a la vida con odio por lo que se es y por lo que no se tiene no es la solución.

La solución está en la búsqueda de la justicia. Todos debemos tener las mismas oportunidades para poder tener lo mismo; pero no se le puede pedir lo mismo a los fuertes, a los sanos y a los jóvenes, que a los viejos, a los enfermos y a los discapacitados. A estos últimos hay que darles ventaja, mucha o poca dependiendo del caso; porque lo otro se llama FASCISMO, que es pensar que solo los aptos tienen derecho a sobrevivir; eso era lo que decía Hitler a voz en cuello, con el cual la mayoría en el planeta discordamos. Al menos eso creo yo.

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